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Un Tornado de Libertad

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¿ Qué podemos esperar de estas reuniones ?

Respuesta: Aprender a no esperar. No esperar es un gran arte. Cuando dejas de vivir esperando, vives en una nueva dimensión. Eres libre. Tu mente es libre. Un primer paso necesario consiste en comprender intelectualmente que no somos una entidad psico-física en proceso de devenir. Pero esta comprensión no es suficiente. El hecho de que no somos el cuerpo debe llegar a ser una experiencia real que penetra y libera nuestros músculos, nuestros órganos internos e incluso nuestras células. Una comprensión intelectual que corresponde a un reconocimiento repentino y fugaz de nuestra auténtica naturaleza, nos brinda un destello de alegría pura, pero cuando tenemos la certeza absoluta de que no somos el cuerpo, nosotros somos esa alegría.

¿ Cómo puedo percibir de forma sensorial que no soy el cuerpo ?

Todos nosotros experimentamos momentos de felicidad que vienen acompañados de expansión y relax . Antes de la percepción del cuerpo nos encontrábamos en una experiencia intemporal, una alegría sin causa y no adulterada, de la cual la sensación física es simplemente la última consecuencia. Esta dicha se percibe a si misma. En ese momento nosotros no éramos un cuerpo limitado en el espacio, no éramos una persona. Nos conocíamos a nosotros mismos en la inmediatez del momento. Todos conocemos esa felicidad sin causa. Cuando exploramos profundamente lo que llamamos nuestro cuerpo, descubrimos que su verdadera sustancia es esta alegría. De tal modo que ya no tenemos la necesidad, el gusto, o incluso la posibilidad de encontrar la felicidad en los objetos exteriores.

¿ Cómo se lleva a cabo esta exploración en profundidad ?

No rechaces las sensaciones corporales y las emociones que se te presenten. Déjalas florecer completamente en tu vigilancia, sin ningún objetivo ni tampoco interferencia de la voluntad. Progresivamente se libera la energía potencial aprisionada en forma de tensiones musculares, también se agota el dinamismo de la estructura psicosomática y tiene lugar la vuelta a la estabilidad fundamental. Esta purificación de las sensaciones corporales es un gran arte. Requiere paciencia, determinación y coraje. Se traduce a nivel de la sensación en una expansión gradual del cuerpo en el espacio circundante y una penetración concomitante de la estructura somática por este espacio. Este espacio no se experimenta como una simple ausencia de objetos. Cuando la atención se libera de las percepciones que la tenían fascinada, se descubre a si misma como este espacio autoluminoso que es la verdadera substancia del cuerpo. En este momento la dualidad entre el cuerpo y este espacio queda abolida. El cuerpo se expande hasta el tamaño del universo, conteniendo en si todas las cosas tangibles e intangibles. Nada es exterior a él. Todos nosotros tenemos este cuerpo de dicha, este cuerpo despierto, este cuerpo de acogida universal. Todos estamos ya completos, sin que nos falte parte alguna. Solamente explora tu reino y toma posesión de él conscientemente. No vivas por más tiempo en esta choza miserable que es este cuerpo limitado.

Tengo breves vislumbres de este reino en momentos de quietud, pero después voy a trabajar y me encuentro en un medio que no es ni real ni pacífico y mi serenidad me abandona inmediatamente. ¿ Cómo podría mantener mi ecuanimidad permanentemente ?

Todo lo que aparece en la consciencia no es más que consciencia, tus compañeros de trabajo, los clientes, tus superiores, absolutamente todo, incluyendo los locales, los muebles y el material. Primero entiende esto intelectualmente y después comprueba que es así. Llega un momento en que este sentimiento de intimidad, este espacio benebolente que te rodea ya no te abandona jamás; en cualquier parte te encuentras en tu casa, incluso en la sala de espera abarrotada de una estación de tren. Sólo lo abandonas cuando te vas al pasado o al futuro. No permanezcas en la choza. Esta inmensidad te esta esperando justo aquí, en este preciso momento. De modo que estando informada de su presencia y habiendo saboreado ya una vez la armonía que se oculta bajo las apariencias, deja que las percepciones del mundo externo y tus sensaciones corporales se desplieguen libremente en tu consciencia acogedora hasta el momento en que el trasfondo de plenitud se muestre espontáneamente.
Esta inversión de la perspectiva es análoga a la que permite el reconocer repentinamente la cara de un ángel en un árbol, en una de aquellas láminas de principios de siglo que tanto gustaban a los niños. Al principio sólo vemos el árbol, después, informados por una nota a pie de página que hay un ángel escondido allí, procedemos a un examen minucioso del follaje, hasta que por fin vemos el ángel que había estado siempre allí, delante de nuestros ojos. Lo importante es saber que hay un ángel, donde está escondido y haber experimentado una vez el proceso mediante el cual el árbol pierde progresivamente su forma, se desobjetiva, hasta el punto que las líneas del gravado que lo componían aparecen como tales y se recomponen para confiarnos el secreto de la imagen del ángel. Allanado el camino, cada vez son más fáciles las subsecuentes inversiones de la perspectiva hasta que, por decirlo asi, vemos simultáneamente el árbol y el ángel. Del mismo modo, una vez que reconocemos nuestra naturaleza real, las distinciones entre ignorancia y despertar se borran progresivamente y ceden su lugar al ser esencial.

Empiezo a darme cuenta que estoy completamente apegada a mi cuerpo, a mis sensaciones, a mi impresión de ser un individuo separado.

¿ Cómo se manifiesta este sentimiento de apego ?

Me siento como hipnotizada, tanto por mi orgullo, como por mis emociones, especialmente la ira y por la agitación de mi cuerpo.

Correcto. Tan pronto como seas consciente de que estás hipnotizada, la hipnosis cesa.

¿ Cómo es eso ? Este punto no está claro para mi.

Pregúntate quién está hipnotizada. Interrógate profundamente. ¿ Quién es ? ¿ Dónde está ? Verás que no es posible hallar tal entidad. Si exploras tu mente y tu cuerpo, encontrarás unos pocos conceptos con los que tú te identificas como “yo soy una mujer”, “yo soy un ser humano”, “yo soy una abogada”, etc. También encuentras ciertas sensaciones en tu cuerpo, ciertas áreas que son más opacas, más sólidas, con las que tú también te identificas. Pero cuando miras más de cerca, se vuelve obvio que tú no eres esta sensación en tu pecho, ni este pensamiento de ser una mujer, ya que tanto los sentimientos como los pensamientos van y vienen, pero lo que tú realmente eres es permanente. Justo en este momento la hipnosis cesa. La aparición de estos pensamientos y sensaciones es menos problema que tu identificación con ellos. Tan pronto como eres consciente de ellos, te distancias, eres libre. En esta libertad no te localizas en ningún sitio. Es importante permanecer en esta no-localización, ya que tenemos la tendencia a aferrarnos rápidamente a una nueva identificación tan pronto hemos abandonado la anterior, como un mono que no suelta una rama antes de haberse asido a otra.
Comprobarás cuán maravilloso es vivir en el aire, de este modo, sin asirse, desapegado. Al comienzo, ésto parece un poco raro, aunque tu nueva actitud no constituye ningún obstáculo para nada. Puedes seguir realizando tus funciones como madre o abogada, sentir tu cuerpo etc. De hecho, ser nada, en el aire, en ninguna parte, es muy práctico. Simplifica muchísimo la vida. No te contentes meramente con entenderlo. Pon tu comprensión en práctica. Intenta ser nadie. Suelta la rama.

Después de ésto,¿ No es difícil volver a tu cuerpo y vivir la vida diaria?

Tú nunca has estado en tu cuerpo, así que la pregunta de tu vuelta a él no tiene sentido. Tu cuerpo está en ti. Tú no estás en él. El cuerpo se te aparece como una serie de percepciones sensoriales y conceptos. Es asi como sabes que tienes un cuerpo, cuando tu lo sientes o cuando piensas en él. Estas percepciones y estos pensamientos aparecen en ti, pura atención consciente. Tú no apareces en ellos, contrariamente a lo que te han enseñado tus padres, tus maestros y la práctica totalidad de la sociedad en la que vives, en flagrante contradicción con tu experiencia real. Ellos te han enseñado que tú estás dentro de tu cuerpo como consciencia y que la consciencia es una función que surge del cerebro, un órgano de tu cuerpo. Te sugiero que no des excesivo crédito a este conocimiento de segunda mano, y que investigues directamente los datos desnudos aportados por tu propia experiencia. ¿ Recuerdas las recetas para ser feliz que esas mismas personas te dieron cuando eras niña, estudia mucho, consigue un buen empleo, cásate con el hombre adecuado, etc. ?. Estas recetas no funcionan, de otro modo no estarías aquí haciendo estas preguntas. No funcionan debido a que están basadas en una perspectiva falsa de la realidad, una perspectiva que te estoy sugiriendo pongas en duda.
Mira por ti misma, si tú apareces en tu cuerpo o tu mente, o si por el contrario ambos aparecen en ti. Es una inversión de la perspectiva análoga al descubrimiento del ángel en el árbol. Incluso aunque este cambio al principio parece mínimo, es una revolución de consecuencias inimaginables e infinitas. Si tú honestamente aceptas la posibilidad de que el árbol pueda de hecho ser un ángel, el ángel se te revelará y tu vida se volverá mágica.

¿ Podrías hablarnos sobre la práctica que consiste en vivir intuitivamente desde el corazón ?

No seas una persona, no seas algo. Habiendo entendido que tú eres nadie, vives la verdad desde la inteligencia. Cuando la idea o la sensación de ser una persona ya no te molesta, sea que estés pensando o no, que estés percibiendo o no, que estés actuando o no, entonces vives la verdad desde la plenitud del corazón.

Llegados a este punto, ¿ Estoy en una relación correcta conmigo misma y con el mundo?

¡Oh! ¡Si! Tú estás en la relación correcta, que es la de la inclusión. El mundo, así como tu cuerpo y tu mente, están incluidos en tu verdadero ser. El amor es inclusión. Comprender es un paso intermedio, pero el destino final, el centro auténtico es el corazón.

Utilizando la analogía del mono, ¿ El corazón, es el punto entre una rama y la siguiente ?

Si estás de acuerdo en soltar la rama de la que estás colgada, sin agarrarte a otra, caes dentro del corazón. Tienes que aceptar morir, dejar desaparecer todo lo que tú conoces, todo lo que se te ha enseñado, todo lo que posees, incluso tu vida, o al menos lo que a estas alturas crees que es tu vida. Esto requiere atrevimiento. Es una especie de suicidio.

¿ Es así de verdad ? Por ejemplo, ¿ Tú recuerdas los momentos que precedieron a tu conocimiento de ti mismo ?

R: Si.

¿ Fue así ?

Si.

Gracias. Antes de esto, ¿ Tenías alguna idea de lo que iba a suceder ?

Si y no. Si, porque sentí la invitación. No, porque hasta ese momento yo no había conocido más que felicidades relativas, verdades relativas, conocimientos relativos, y no podía haberme imaginado lo absoluto, lo inefable. El ser está más allá de cualquier concepto, de toda proyección. Es por ésto que no podemos dirigirnos hacia él por nosotros mismos y debemos esperar a que nos solicite. Pero cuando nos invita, debemos decir sí gozosamente, sin dudar. La decisión nos pertenece, es la única decisión en la que realmente tenemos libre elección.

Una de las razones por las que pospongo la invitación y no me hago accesible a ella, es mi miedo a que mi vida cambie radicalmente.

¡Oh! ¡Si! Cambiará.

¿ También mi familia ?

También tu familia. Todo será cambiado.

Tengo miedo de que ciertas personas me dejen, y de ser reemplazada por otros.

Te puedo asegurar que no lamentarás nada.

¿ Es posible haber recibido la invitación y haberla rechazado ?

Si, tú eres libre.

¿ Seré invitada otra vez ?

Si. Estáte preparada. Estáte disponible. Tú estás disponible cuando entiendes que no puedes hacer nada por ti misma para restituir al Rey. Cuando reconoces tu total impotencia te conviertes en una habitación vacía. Tan pronto te vuelves una habitación vacía, eres un santuario. Entonces el Rey entra, se sienta en el trono y te gratifica con su presencia inmortal.

Una Meditación Guiada

Una Meditación Guiada

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Meditación guiada – Ottawa, 30 de abril 2003

Francis Lucille
Ottawa , Canadá
30 de abril 2003

Dirige tu atención a la Presencia en tí que es consciente de estas palabras.
Ahora hazte la pregunta, “¿Dónde se encuentra esta Presencia que es consciente de estas palabras y estos pensamientos?” Contesta la pregunta basándote en tu propia experiencia en este mismo momento, y no en lo que has leído en los libros. Puedes tener una primera respuesta que diga que esta Presencia se encuentra en alguna parte de la cabeza. Ahora echa un vistazo más de cerca a esta primera respuesta. Verás que es un sentimiento, una sensación localizada en la cabeza o en el pecho o en algún otro lugar. Esta primera respuesta es una sensación, una localización, un lugar en el cuerpo.
Ahora, lo que aparece, la respuesta, la localización, la sensación, parece estar localizada, pero pregúntate a tí mismo/a, “¿Dónde está ubicada la Presencia, en la que aparece la sensación localizada? Si se localiza la sensación, ¿implica eso que la Presencia está localizada? Considera esto en base a tu experiencia. En otras palabras, “¿Cómo sé que esta Presencia que llamo “yo” está localizada?”
Encuentra la respuesta por tí mismo/a. No dejes que yo te diga cuál es la respuesta. Lo que yo diga no tiene ningún valor. Lo que se descubre por uno mismo, de primera mano, eso tiene valor. Si decides que esta Presencia está localizada, esa es tu decisión basada en tu experiencia. Mi consejo es: échale un vistazo una y otra vez. Es tu experiencia por sí sola la que toma la decisión. Comprueba una y otra vez que funciona hasta que llegues a una convicción sólida, sea cual fuera, basada en tu experiencia.
Puedes decir: “No sé” Y me parece justo. O puedes decir: “Yo no lo sé pero otras personas lo saben”. Eso no es suficientemente justo, porque ¿cómo iban a saber ellos mejor que tú dónde se encuentra tu Presencia? Sólo tú conoces tu Presencia. Ellos conocen la suya. Así que verdaderamente no pueden decir donde se encuentra tu Presencia. No tengo nada que decir sobre ésto . Por eso no quiero decir nada. Te sugiero que lo descubras por tí mismo/a. Se llama libertad.
Tienes que entender el peso de la presión de grupo, el peso del falso conocimiento, o el conocimiento acumulado a través de generaciones que te ha sido transmitido en tus genes, a través de tu educación y de tus relaciones. Esto no significa que sea cierto. El hecho de que el conocimiento se te haya comunicado e imprimido no significa que sea cierto.
Eres el guardián del conocimiento verdadero y del falso. Eres el juez último de la verdad. Ese es el significado esotérico del “juicio final”, porque tú eres la verdad. Como dijo Al-Hallay, “yo soy la verdad”. Lo mataron por haber dicho eso.
No puedes encontrar la localización de esa Presencia que está oyendo estas palabras en este mismo momento. Nadie puede. Y si nadie puede, tal vez significa que ésta muy simple presencia es no-local, no es producto de este organismo o esta carne. Es más como una propiedad de la totalidad, del cosmos — si vemos el cosmos como creación de Dios, como cuerpo de Dios. Es una propiedad más, una cualidad más de ese poder que creó el cosmos.
La Presencia es un nombre más para lo Último.
El cuerpo está en simbiosis total con el resto del universo, con el aire que respira, con el agua que bebe, con el espacio en el que se mueve, con las cosas que come, con los otros seres con quienes se relaciona, y con las estrellas. Y al igual que el cuerpo no está aislado, tampoco lo está la mente, siempre intercambiando información con el resto del universo. Así que incluso desde el punto de vista de la física o la biología o la teoría de la información, llegamos a la conclusión de que no hay un sistema aislado en el universo, de que no existen cuerpos aislados. El considerar las partes del universo en forma aislada es un concepto infantil.
Y si bien es cierto que el cuerpo y la mente no están aislados, incluso si creemos que la consciencia es el subproducto del cuerpo-mente, (ya que los cuerpo-mentes son en este caso simplemente un subproducto de la totalidad), tenemos que llegar a la inevitable conclusión de que esta Consciencia, esta Presencia que yo llamo “mía” no es producida por el cuerpo-mente, sino más bien en su origen más profundo, por la totalidad del universo. No es la consciencia del cuerpo, sino en última instancia, la Consciencia del universo.
Somos las flores del árbol de la vida. Muchas flores, sólo un árbol.
En la antigüedad, en Occidente, la gente creía que el cielo estaba cerrado, que estábamos dentro de una esfera azul, y que las estrellas eran diamantes incrustados en la esfera azul. Creíamos que el espacio era limitado. Después nuestra comprensión mejoró porque investigamos el cielo.
Pero a pesar de que investigamos el cielo y el universo que nos rodea, no investigamos nuestro mundo interior. Y debido a esta falta de investigación de nuestro interior, creímos que nuestra Presencia era limitada, que era limitada al igual que creíamos que el cielo era limitado. Y así como el límite del cielo era una creación hecha por el hombre, así el límite interior de la consciencia, lo que llamamos ignorancia, es de nuestra propia creación.
De la misma forma que el cielo, el espacio, el universo, siempre ha sido ilimitado, el cielo interior de la Presencia siempre ha sido exento de límites.

Un Despertar Espiritual

Un Despertar Espiritual

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¿Cómo descubriste tu verdadera naturaleza?
Estás preguntando acerca de los detalles de mi caso. Antes de dártelos, tengo que advertir que el camino para la verdad no es igual para todos. El camino del descubrimiento de nuestra verdadera naturaleza varía de un buscador a otro. Puede ser una experiencia repentina y dramática o un camino sutil, aparentemente gradual. La piedra de toque en todos los casos, es la paz y el entendimiento que prevalecen al final.
Aunque un primer vislumbre de la verdad es un acontecimiento de proporciones cósmicas, al principio puede pasar inadvertido pero a la vez ir realizando su trabajo en el trasfondo de la mente, hasta que la estructura del ego se colapsa. Es como un edificio que habiendo sido dañado por un terremoto, permanece aún en pie por algún tiempo, pero se derrumba gradual o repentinamente unos pocos meses después. Este efecto se debe a que el vislumbre no pertenece a la mente. La mente, que hasta ahora era esclava del ego, se transforma en la servidora y amante del esplendor eterno que ilumina los pensamientos y las percepciones. Como esclava del ego, la mente era la guardiana de la cárcel del tiempo, el espacio y la causalidad. Como servidora de la inteligencia más elevada y amante de la belleza suprema, la mente se convierte en el instrumento de nuestra liberación.
El primer vislumbre que encendió mi interés por la verdad ocurrió, en mi caso, mientras leía un libro de J. Krishnamurti. Fué el punto de partida de una búsqueda intensa que se convirtió en el foco central y exclusivo de mi vida. Yo leía los libros de Krishnamurti una y otra vez, así como también los principales textos de Advaita Vedanta y Budismo Zen. Efectué cambios importantes en mi vida a fin de vivir de acuerdo con mi comprensión espiritual. Renuncié a lo que mucha gente llamaría una excelente carrera, porque implicaba verme involucrado como científico en el diseño y desarrollo de armamento sofisticado para el ejército francés.
Después de pasados dos años del primer vislumbre, ya había adquirido una buena comprensión intelectual de la perspectiva no-dual, aunque aún quedaban por contestar algunas preguntas. Sabía por experiencia que cualquier intento de satisfacer mis deseos estaba condenado al fracaso. Se había vuelto claro para mí que yo era la consciencia, y no mi cuerpo o mi mente. Esta comprensión no era algo únicamente intelectual, un mero concepto, sino que de algún modo provenía de la experiencia; una forma particular de experiencia, vacía de cualquier objetividad. Había experimentado en diversas ocasiones, estados en los que las percepciones estaban rodeadas y penetradas por la dicha, la luz y el silencio. Me parecía que los objetos físicos eran más lejanos, menos reales, como si la realidad se hubiese trasladado desde ellos hasta aquella luz y aquel silencio que eran el centro de la escena. A la vez surgió el sentimiento de que todo era correcto, tal como debería ser, y tal como de hecho siempre había sido. Pero por otra parte aún creía que la consciencia estaba sujeta a las mismas limitaciones que la mente, que era personal en lugar de ser de naturaleza universal.
A veces tenía un presentimiento de su naturaleza ilimitada, más a menudo mientras leía textos Chan o Advaita, o cuando pensaba profundamente sobre la perspectiva no-dual. Debido a la educación que me dieron mis padres, que eran materialistas y anti-religiosos, así como a mis estudios de matemáticas y física, era poco dado a aceptar ninguna creencia religiosa, y desconfiaba de cualquier hipótesis que no pudiese ser comprobada lógica o científicamente. Una consciencia universal ilimitada me parecía una creencia o una hipótesis, pero estaba abierto a explorar esta posibilidad. El perfume de esta ausencia de límites había sido de hecho el factor determinante que sostuvo mi búsqueda de la verdad. Dos años después de mi primer vislumbre esta posibilidad había tomado una posición de primer plano.
Fué entonces cuando sucedió el cambio radical, “el giro copernicano”. Este evento, o más precisamente este no-evento permanece solo, sin causa. La certeza que proviene de él tiene una fuerza absoluta, una fuerza independiente de cualquier acontecimiento, objeto o persona. Sólo se puede comparar a la certeza inmediata de ser consciente.
Estaba sentado en silencio, meditando en mi sala de estar con dos amigos. Era demasiado pronto para preparar la cena, nuestra próxima actividad. No teniendo nada que hacer, sin esperar nada, estaba disponible. Mi mente estaba libre de dinamismo, mi cuerpo relajado y sensible, aunque podía sentir alguna molestia en la espalda y en el cuello.
Después de algún tiempo, uno de mis amigos inesperadamente comenzó a cantar un cántico tradicional en sánscrito, el Gayatri Mantra. Las sílabas sagradas entraron misteriosamente en resonancia con mi silenciosa presencia que parecía volverse intensamente viva. Sentí una profunda nostalgia en mí, pero al mismo tiempo una resistencia me estaba impidiendo vivir aquélla situación en su totalidad, el responder con todo mi ser a esta invitación del ahora y disolverme en ella. Conforme aumentaba la atracción por la belleza anunciada por el canto, así también lo hacía la resistencia, que se iba mostrando ahora como un miedo creciente que se transformó en un intenso terror.
En ese momento sentí que mi muerte era inminente, y que este horrendo acontecimiento se produciría si me dejaba ir, si continuaba acogiendo esta belleza. Había llegado a un punto crucial en mi vida. Como resultado de mi búsqueda espiritual, el mundo y sus objetos habían perdido su atractivo; ya no esperaba nada importante de ellos. Yo estaba exclusivamente enamorado del absoluto y este amor me dió la audacia para saltar al interior del gran vacío de la muerte, para morir en aras de aquella belleza ahora tan próxima, aquella belleza que me llamaba más allá de las palabras sánscritas.
Como resultado de este abandono, el terror que me había atenazado liberó instantáneamente su presión y se transformó en un flujo de sensaciones corporales y pensamientos que rápidamente convergieron hacia un pensamiento único, el pensamiento “yo”, así como las raíces y ramas de un árbol convergen en un único tronco. En una apercepción casi simultánea, la entidad personal con la que yo estaba identificado se reveló a sí misma en su totalidad. Ví su superestructura, los pensamiento que se originaban del concepto “yo”, y su infraestructura, las huellas a nivel físico de mis miedos y deseos. Ahora el árbol entero estaba siendo contemplado por un ojo impersonal, y tanto la superestructura de pensamientos como la infraestructura de sensaciones corporales se desvanecieron rápidamente, dejando al pensamiento “yo” sólo en el campo de la consciencia. Durante unos pocos momentos el pensamiento “yo” puro, pareció vacilar, como la llama de una lámpara sin combustible; después se desvaneció.
En ese preciso momento desperté a mi eternidad.
Extracto de la Eternidad Ahora, por Francis Lucille